Desde Rusia …sobre Rusia

He leído tanto y escuchado tanto, ya sea en las radios de Alemania o en los periodicos de Perú o en diversos medios acerca de Rusia, que siempre pensé que no había que creer todo lo que se lee o se escucha. Había escuchado tanto (y todo mal) sobre Putin, el presidente de Rusia, que siempre pensé que no se puede creer todo lo que los medios dicen. No quise nunca tener una opinión sobre aquel país sin siquiera conocerlo y mucho menos, teniendo en cuenta que los pocos rusos que he conocido han sido personas tranquilas, muy trabajadoras, serias y con un sentido por la cultura digno de loar. Pues se dio la casualidad y oportunidad de visitar aquel país. Y pude por fin tener una idea, por mi mismo, de lo que es Rusia. Es sin embargo difícil en solo unos días, conocer verdaderamente el país o a su gente, el idioma es una gran valla y el sistema bastante ajeno a lo que conocemos. Vi controles por doquier, había detectores de bombas o de metales en las estaciones de tren o en los centros comerciales. Vi igual tiendas caras (no digo si mejores ya que el dinero no es sinónimo de clase) y tiendas sencillas. Vi autos sucios y en un mismo sitio un Lada de los años cincuenta estacionado junto a un Audi moderno. Camine por las preciosas calles de San Petersburgo, cruce el bellísimo rio y vi un cielo espectacular. Pude ver la plaza roja de Moscú (y si alguien cree que su ciudad es grande, les pido por favor que vallan a Moscú y vean aquella plaza donde deja boquiabierto hasta el mas reacio de los turistas), pude ver el Kremlin e incluso un convoy de tanques que paso por mi delante. Pude apreciar una comida distinta pero sabrosa pero sobretodo ver en los ojos de los rusos, en los ojos de la señora que vendía medias al lado de la calle mas cara de Moscú, o de la señora que viajaba mio junto a un tren o de la gente que salía del metro, varias miradas en una. La mirada de la desgracia pero también de la esperanza, del fatalismo combinado con el pesimismo, de la energía combinada con el cansancio. Es difícil de explicar pero fácil de notar. Ver la energía que fluye de sus calles de un pueblo que sabe que no esta aún en la cima pero que también sabe que puede estarlo si se lo propone y todos apoyando a un presidente, que ha sido casi declarado como un ser maligno por Europa y Estados Unidos pero que les da a sus habitantes algo que habían perdido y que no se puede comprar: orgullo. Rusia es un país por momentos salvaje, desorganizados, en estado de evolución pero a la vez lleno de energía, conocimiento y recursos (no solo naturales sino humanos). He estado en pocos sitios donde entendiendo tan poco y estando tan poco tiempo, se haya convertido ya en parte de mi y donde un ligero sentimiento de tristeza lleno mi menta, cuando estuve por volver. No se si algún día lo hare, pero se que con gusto volvería a pisar aquel país con el que me quede muy impresionado y del me hubiera gustado saber mucho mas. Y creo que ahí es donde esta el secreto y la aura de Rusia.

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Sobre que aquello que a veces llamamos vida

Suena el despertador. Son las seis de la mañana. Aun medio soñolientos, con al recuerdo aún de un sueño perdido en la mente, navegando por nuestra imaginación, nos levantamos de la cama, para a tientas en la oscuridad buscar aquel interruptor de luz que nos regresa de golpe, casi brutalmente a la realidad. Luego nos sometemos a la más normal de las tradiciones. Vamos al baño, nos damos una ducha (algunos con agua caliente, otros con agua fría), nos secamos. Nos lavamos los dientes y nos preparamos para el día. Buscamos la ropa que dejamos la noche anterior sobre la silla o decidimos en ese momento que nos vamos a poner. Corremos hacía la cocina. Nos preparamos un café o un te, con algún pedazo de pan, algún queso o quizás algo más ligero. Vemos el reloj. Es tarde. Tomamos otro sorbo de café. Cogemos el maletín o la mochila o la bolsa y salimos. El aire es aún frio, quizás todavía oscuro. La calle aun desierta. Si tenemos auto, buscamos las llaves y nos vamos al auto. Si no, corremos hacia la estación de bus o de metro más cercana. Vemos a más y mas personas, que como nosotros, han seguido esa misma tradición. Han tomado también un café, también se han despertado escuchando las maléficas notas del despertador y también han tenido que salir corriendo después de ver las infernales agujas del reloj que nos dicen que ya estamos tarde. Y se van haciendo más. Ya no entran más personas en el bus, pero las puertas aún están abiertas. Ya no entren mas personas en el metro, pero hay que empujarse. Y más personas. Y más. Todas corren para ir a un centro que en muchos casos no quieren. Todas lee el periódico, como si pudieran cambiar algo. Todas obedecen de manera impecable las órdenes dadas por la agenda, por el patrón, por el reloj, por el sistema. Y son más. Se abren las puertas. Todas las personas salen. Corren. No hay tiempo. Corren a una silla en una oficina. A una maquina en una fábrica. A una pantalla en alguna agencia. A algún libro en alguna biblioteca. La única compañía que tendrán por horas. Esperando con ansias la hora de salida para, al fin, poder disfrutar de aquella cerveza. Poder conversar con aquella persona o simplemente regresar a casa y poder, sobre el sofá, ver aquel partido de futbol o aquella serie. Hay tanto que hacer. Pero estamos cansados. Nos dormimos. Ponemos el despertador. Sabemos que unas horas, aquella escena se repetirá, como en una sueno, donde todo vuelve a cero. Y mañana nos olvidaremos de los planes cuando tengamos que buscar un sitio en un bus lleno o en una cafetería atestada de gente. Día tras día. Mes tras mes. Hora tras hora. En aquello en lo que decimos es la vida que tenemos. En aquello que muchas veces no es la vida que queremos. ¿Quién no se siente identificado? ¿Quién no ha querido escapar de este círculo vicioso en busca de algo mejor? Estando sentado esperando mi bus, con mi periódico en una mano y mi agenda llena de tareas por cumplir en el otro, me hago la pregunta que supongo más de uno se han hecho y espero el bus como espero la respuesta.