Sobre que aquello que a veces llamamos vida

Suena el despertador. Son las seis de la mañana. Aun medio soñolientos, con al recuerdo aún de un sueño perdido en la mente, navegando por nuestra imaginación, nos levantamos de la cama, para a tientas en la oscuridad buscar aquel interruptor de luz que nos regresa de golpe, casi brutalmente a la realidad. Luego nos sometemos a la más normal de las tradiciones. Vamos al baño, nos damos una ducha (algunos con agua caliente, otros con agua fría), nos secamos. Nos lavamos los dientes y nos preparamos para el día. Buscamos la ropa que dejamos la noche anterior sobre la silla o decidimos en ese momento que nos vamos a poner. Corremos hacía la cocina. Nos preparamos un café o un te, con algún pedazo de pan, algún queso o quizás algo más ligero. Vemos el reloj. Es tarde. Tomamos otro sorbo de café. Cogemos el maletín o la mochila o la bolsa y salimos. El aire es aún frio, quizás todavía oscuro. La calle aun desierta. Si tenemos auto, buscamos las llaves y nos vamos al auto. Si no, corremos hacia la estación de bus o de metro más cercana. Vemos a más y mas personas, que como nosotros, han seguido esa misma tradición. Han tomado también un café, también se han despertado escuchando las maléficas notas del despertador y también han tenido que salir corriendo después de ver las infernales agujas del reloj que nos dicen que ya estamos tarde. Y se van haciendo más. Ya no entran más personas en el bus, pero las puertas aún están abiertas. Ya no entren mas personas en el metro, pero hay que empujarse. Y más personas. Y más. Todas corren para ir a un centro que en muchos casos no quieren. Todas lee el periódico, como si pudieran cambiar algo. Todas obedecen de manera impecable las órdenes dadas por la agenda, por el patrón, por el reloj, por el sistema. Y son más. Se abren las puertas. Todas las personas salen. Corren. No hay tiempo. Corren a una silla en una oficina. A una maquina en una fábrica. A una pantalla en alguna agencia. A algún libro en alguna biblioteca. La única compañía que tendrán por horas. Esperando con ansias la hora de salida para, al fin, poder disfrutar de aquella cerveza. Poder conversar con aquella persona o simplemente regresar a casa y poder, sobre el sofá, ver aquel partido de futbol o aquella serie. Hay tanto que hacer. Pero estamos cansados. Nos dormimos. Ponemos el despertador. Sabemos que unas horas, aquella escena se repetirá, como en una sueno, donde todo vuelve a cero. Y mañana nos olvidaremos de los planes cuando tengamos que buscar un sitio en un bus lleno o en una cafetería atestada de gente. Día tras día. Mes tras mes. Hora tras hora. En aquello en lo que decimos es la vida que tenemos. En aquello que muchas veces no es la vida que queremos. ¿Quién no se siente identificado? ¿Quién no ha querido escapar de este círculo vicioso en busca de algo mejor? Estando sentado esperando mi bus, con mi periódico en una mano y mi agenda llena de tareas por cumplir en el otro, me hago la pregunta que supongo más de uno se han hecho y espero el bus como espero la respuesta.

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